jueves, 28 de abril de 2011

“Después, sabiendo que todas las cosas están a punto de ser consumadas, para que se cumpla la Escritura, dice:  —Tengo sed (Ioh XIX,28).”

Jesús, con estas cortas palabras que desde la cruz ha clamado se acerca a ti y se acerca a mí. Con hambre y sed. Sed de nosotros, de nuestro amor, de nuestras almas y de todas las almas que debemos llevar hasta El, por el camino de la Cruz, que es el camino de la inmortalidad y de la gloria del Cielo.

"El quiere almas, quiere amor; quiere que todos acudan, por la eternidad, a gozar de su Reino. Hemos de trabajar mucho en la tierra; y hemos de trabajar bien, en el estudio, en la oficina, en el hogar, porque esa tarea ordinaria es lo que debemos santificar. Pero no nos olvidemos nunca de realizarla por Dios.

Y ahora sin embargo estamos secos, es lamentable esto. ¿Ocurre así en nuestra vida? ¿Ocurre que tristemente falta fe, vibración de humildad, que no aparecen sacrificios ni obras? ¿Que sólo está la fachada cristiana, pero que carecemos de provecho? Es terrible. Da pena que esto suceda, pero que nuestra reflexión de esta Semana Santa nos anime a encender la fe, a vivir conforme a la voluntad del señor, para que Cristo reciba siempre ‘agua’ de nosotros." [1]

Así como Jesús le hablo a la Madre Teresa, nos habla igualmente a nosotros:
“Tengo sed de ti- Si te sientes de poco valor a los ojos del mundo, no importa. No hay nadie que me interese más en todo el mundo que tú. Tengo sed de ti. Ábrete a Mí, ven a Mi, ten sed de mí, dame tu vida. Confía en mí Pídeme todos los días que entre y que me encargue de tu vida y lo haré. Te prometo ante mi Padre en el Cielo que haré milagros en tu vida. Lo único que te pido es que te confíes completamente a mí. Yo haré todo lo demás. Todo lo que has buscado fuera de mí solo te ha dejado más vacío; Por eso, no te pegues a las cosas de este mundo; pero, sobre todo, no te alejes de Mi cuando caigas. Ven a mí sin tardanza porque cuando me das tus pecados, me das la alegría de ser tu Salvador. No hay nada que Yo no pueda perdonar y sanar. Ven ahora y descarga tu alma. No importa cuánto hayas andado sin rumbo, ni cuántas veces me hayas olvidado, ni cuántas cruces lleves en tu vida; hay algo que quiero que siempre recuerdes y que nunca cambiará: Tengo sed de ti, tal y como eres. No tienes que cambiar para creer en mi Amor; tu confianza en ese Amor te hará cambiar. Tú te olvidas de mí y, a pesar de eso. Yo te busco en cada momento del día y estoy a la puerta de tu corazón, llamando.

¿Encuentras esto difícil de creer? Entonces, mira la Cruz, mira mi corazón traspasado por ti. ¿No has comprendido mí Cruz? Escucha de nuevo las palabras que dije en ella, pues te dicen claramente por qué Yo soporté todo esto por ti. Tengo sed. Si, tengo sed de ti- Como el resto del salmo que Yo estaba rezando dice de Mi: "Esperé compasión inútilmente, esperé alguien que me consolara y no lo hallé". Toda tu vida he estado deseando tu amor. Nunca he cesado de buscarlo y de anhelar que me correspondas. Tú has probado muchas otras cosas en tu afán por ser feliz. ¿Por qué no intentas abrirme tu corazón, ahora mismo, más que antes? Cuando abras las puertas de tu corazón y te acerques lo suficiente, entonces me oirás decir una y otra vez, no en palabras humanas sino en espíritu: No importa qué es lo que hayas hecho; te amo por ti misma. Ven a mí con tu miseria y tus pecados, con tus problemas y necesidades, y con todo tu deseo de ser amado. Estoy en la puerta de tu corazón y llamo... ábreme, porque tengo sed de ti".

Jesús habla en esta quinta Palabra de “su sed”. Aquella sed que vive El como Redentor en la Cruz, cuando realiza la Salvación de los hombres, pide otra bebida distinta del agua o del vinagre, pide nuestra conversión. “La sed del cuerpo, con ser grande -decía Santa Catalina de Siena- es limitada. La sed espiritual es infinita”.

Jesús tiene sed de que no sea inútil la redención. Sed de manifestarnos a Su Padre. De que creamos en Su amor. De que vivíamos una profunda relación con El. Porque todo está aquí: en la relación que tenemos con Dios. Sed de que el fuego que trae, el Espíritu Santo, llene a todos. Sed de hogares cristianos, donde los esposos se quieran de verdad, y sean verdaderos compañeros que se ayudan a vivir la santidad en esa indisoluble unión. Sed de jóvenes que junto a El seamos ejemplo a seguir. Sed de jóvenes que no seamos del montón. Que estemos dispuestos a ir contracorriente. Jóvenes que seamos, como dijo el Papa a los jóvenes europeos, “jóvenes de oración y de coraje”.

Nosotros, los cristianos, necesitamos tener sed de una vida espiritual intensa. En este mundo de hoy sólo se puede ser cristiano, si se tiene una profunda vida espiritual. Si se está bien alimentado interiormente, enraizado en Dios, con la Eucaristía. Debemos aprender a amarla, pues en ella se refleja el gran amor que Dios nos tiene.

"Cuando biológicamente hay un medio ambiente contrario, duro, difícil, con un mínimo de vitalidad no se puede sobrevivir. Cuando vienen las epidemias, las gripes, con una salud deficiente, con una baja alimentación, no se puede sobrevivir. Lo mismo ocurre en el espíritu. Cuando el ambiente es difícil, como el de ahora. Cuando el ambiente es pagano, increyente, con mínimos vitales, con mínimos espirituales, no se puede sobrevivir. Hay que estar más llenos que nunca por dentro. Hay que tener sed de gracia, de Eucaristía, de oración. Sed de tratar y de escuchar a Dios. Hemos de valorar más que nunca estos dones." [3]

"Cristo grita en la Cruz: ‘Tengo sed’, revelando así una insondable sed de amar y de ser amado por todos nosotros. Esforcemos por conocerle, amarle y proclamar su vida -el evangelio- entre las personas que nos rodean, que buscan a través de tantas equivocadas maneras llenar sus vidas. Sólo cuando percibimos la profundidad y la intensidad de este misterio nos damos cuenta de la necesidad y la urgencia de que lo amemos ‘como’ Él nos ha amado.

La vida sin Dios, sin amor no vale nada. Ama, porque la vida sin amor no vale nada. Amemos, porque al atardecer de nuestra vida se nos juzgará del amor. Santa María del amor hermoso, enséñanos sentirnos amados por Dios y ser capaces de amar."[4]

[1] Amigos de Dios, Vida de fe. Punto 202, San Josemaría Escriva de Balaguer
[2] Ven sé mi luz, Madre Teres de Calcuta
[3] Francisco Pérez González, Arzobispo de Pamplona-Tudela
[4] 4 de febrero de 2010, Padre Félix Castro Morales

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